Y de pronto ocurre.
Esa insoportable sensación de vacío en tu vida, esas ganas de correr hacia la nada. Correr, correr y correr a campo traviesa, encontrarse de pronto a orillas de un abismo…. Pensarlo una, dos, tres veces…. O sería mejor no pensarlo…
Y de pronto estás en el aire.. . Girando incontrolable, con las manos y piernas extendidas, a 200 kilómetros por hora, tu pelo vuela, está sobre tus ojos como si quisiera ocultarle la realidad, tu corazón se acelera, tanto, que quiere salirse de tu pecho, tu cabeza no deja de calcular el tiempo que necesitas para llegar al piso… Y es demasiado tarde, no hay vuelta atrás!!!
Y pareciera que ante tus ojos pasan miles de imágenes, mucho más rápido que tu caída libre.
De pronto todo se detiene, empiezas a descender como una pluma, liviana, ágil, frágil pero fuerte a la vez, planeando lentamente, quieres acelerar y no puedes.
El aire te empuja, te vuelves impotente ante semejante control fuera de tu voluntad.
Tomas impulso y te asusta, empiezas a bracear, como queriendo nadar en el aire, lo cual es imposible, no hay agua, quieres retroceder y sabes que es imposible… Da miedo, eres cobarde…
¡¡No!! ¡ no lo eres!! simplemente a veces no puedes, no entiendes cosas, y flaqueas.
La calma llega, están tus pies descalzos, plantados a la orilla del abismo, pisas unas pequeñas piedras que ruedan al precipicio.
Y tú, tú estás a salvo, esperando no volver a pasar por una crisis existencial…



