El cuarto de mamá
Recordé la intimidad del cuarto de mi madre, en su querido pueblo San José.
El cuarto lleno de recuerdos y de imágenes religiosas.
En las paredes, los retratos enmarcados, así fuera en la fotografía en grande de mi padre o alguna imagen de Jesús o de María, o cualquier otro santo, casi siempre tenían pegados al cristal (algunas veces con resistol) otra pequeña imagen religiosa, o una fotografía tamaño credencial o infantil (podrían ser de sus Hijos o sus nietos o quizá de alguien más lejano), calendarios viejos recortados y con nuevas imágenes agregadas, y hasta un pequeño moño negro, que en alguna ocasión de visitas, una de mis sobrinas entre la noche, confundiera con un alacrán y se dedicara a darle de chanclazos para matarlo.
Así mismo en sus repisas o «cómodas» se podía apreciar de todo, desde las fotografías de familiares, imágenes de todas las vírgenes y todos los cristos que conocemos, imágenes de «bultito» rodeadas de flores que ella misma elaboraba, (hechas con papel de baño, envolturas de galletas, pedazos de tela, hilos, listones, estambres, medias viejas y todo lo que ella se encontrara y creía que podía servirle para hacer sus manualidades), encima de servilletas que ella misma bordaba, así como palmas benditas del domingo de Ramos,
Cada que iba a visitarla, «esculcaba» los belices, de material de lámina o de plástico.
También «orguneaba» (palabra muy de ella) en una tina que estaba rota y ya no podía usarse para lo que había sido creada, sin faltar también una maceta gigante de plástico, que aún no había sido estrenada.
Siempre entre lo viejo, encontraba algo «nuevo» para mis ojos.
Podía encontrar desde una hojita parroquial o «el amiguito» de hace 20 años, así como alguna tarjeta de navidad del año en que yo nací o quizás un gotero que seguía guardado por si algún día se necesitaba, un juego de cubiertos que no se usaba, hasta un antiguo tomo de la Sagrada Biblia bien resguardada.
Sus muebles eran, entre algunos nuevos que por urgencia tenía que adquirir, o como la sala heredada por mi (mientras yo me hice de tres salas que me acabé hasta decir basta) y la de ella seguía estando maciza.
También podíamos encontrar una mini mesa redonda de plástico, que en mi adolescencia ya existía y había utilizado en la casa de Guadalajara; desarmable y hueca, donde también guardaba medias, fundas para almohada, pañoletas, pañuelos, trocitos de tela y «sevillanas».
Entre cajas de cartón, plástico o lámina y alguna que otra maletita, también un tipo portafolio de plástico color verde que yo usaba en el kinder, había álbumes fotográficos y muchas fotografías sueltas, que esperaban con calma a que yo las encontrara y que me entretenían por horas (nunca me regresé a casa sin haberlas visto infinidad de veces y sin artarme)
Fotos antiguas, de mi bisabuela, abuelos, y tíos, algunos que nunca conocí; así como mías y de mis hermanos mayores, de cuando eramos pequeños, hasta fotos de los más nuevos de nuestro árbol genealógico, nietos, bisnietos y quizá tataranietos.
Entre su ropa podías aún apreciar aquel vestido que estrenaría en la boda de uno de mis hermanos mayores, convertido en blusa y falda, después en chaleco y «fondo» o quizá hasta en «blumer» (prenda interior, tipo bermuda, que se usa debajo de las faldas o vestidos y que son más cómodos que el fondo). Ropa nueva que no quería estrenar por que desde hace 20 años decía que para qué, si ya se iba a morir.
Su cuarto tenía un olor especial, un olor a ella, un olor a señora Santa. Siempre aprecié en ella un olor agradable, siempre a limpia, siempre a fresca.
En las noches, sin falta, siempre una lucecita de una pequeña lamparita alumbraba la penumbra, la oscura noche de un cuarto de rancho, que tan solo se iluminaba al abrir la ventana, en tiempo de luna llena, y de las noches estrelladas.
El sonido de su respirar pausado, me anunciaba que su mente y cuerpo por fin, al final del día había sido recompensado.
Hablar del cuarto de mi madre es hablar de su forma de vida, es hablar del amor que a Dios tenía, y los rezos que para su familia nunca desistian. Para todos había, nadie de su mente escapó, siempre para los pobres, para los futuros sacerdotes y por supuesto para los que ya lo eran, nunca olvidaba pedir a la divina Providencia, para que el pan nunca nos faltara.
Sus hijos en sus oraciones por siempre , los que aquí en México vivíamos y los que ausentes estaban. Las ánimas por mucho su parte se llevaban, a los enfermos nunca olvidaba.
Por eso es que al visitar su casa inevitablemente, las oraciones aprendidas desde pequeña, por si se te habían olvidado, ella te las recordaba.
Ella, mi madre, la señora santa, ¿cómo olvidarla?!!!
Y cuando vuelva a su casa, por su esencia de seguro habré de presenciarla.
¡Madre!! ¡Te extraño tanto! Extraño esa suavidad de tus arrugas en tu cara, extraño tu cabecita blanca, la que inclinabas a la hora de besarla, extraño tus manitas llenas de manchitas, que a fuerza querías ocultarlas, hoy las mías se parecen a las tuyas, tu herencia con orgullo sabré aceptarlas, extraño tus palabras llenas de bendiciones y lo lindo que era, en los últimos días de tu vida, escuchar de tus labios «ya llegó mi hija»?
Pero lo que más extraño tus últimas palabras, que aunque me nombraras … no logré escucharlas.
Hoy solo quiero decirte ¡Feliz cumpleaños Madre!! Y aunque no te gustaba, por favor!! baila por mí en el cielo, y celebra con cada uno de la familia que ya partieron y que ahora contigo están!! (Papá, Galy, Lilianita) y entre todos un abrazo grande habremos de formar!!
Te amo de aquí al cielo y vuelta para acá!
😭
M.M.S.S.
27.06.19